«Lo has estado haciendo todo este tiempo».
Esas fueron las palabras que me dijo, sorprendida y emocionada, mi terapeuta hace años en su consulta. Había acudido a ella desesperada por desentrañar y sanar los traumas que se habían ido acumulando con el tiempo. Llevaba aproximadamente un año en una relación sentimental que acabaría convirtiéndose en mi matrimonio; una relación tan sana, estable y funcional que yo misma intentaba sabotearla. Provocaba peleas, tenía ataques de pánico, buscaba conflictos donde no los había. Estaba tan poco acostumbrada al amor bueno y duradero que no podía soportarlo.
La mayor parte de mi pasado sentimental, hasta ese momento, abarcaba todo el espectro. En el peor de los casos, amores apasionados con personas caóticas y, a veces, violentas; en el mejor, relaciones inconsistentes, desequilibradas e inestables. Seguí intentando recrear el fervor al que estaba acostumbrada con mi pareja, pensando que eso era realmente lo que significaba «estar enamorada». Cada vez más, y como era de esperar, él se sentía incómodo. Quería serenidad. Me señaló que sin ella, nuestra relación no duraría. No podríamos construir el hogar y la familia que le repetía una y otra vez que quería.
Me lo tomé en serio y hice balance de mi vida. Llevaba asistiendo de forma intermitente a distintos tipos de terapia desde los 13 años, cuando mi madre empezó a notar los primeros indicios de lo que finalmente se diagnosticaría como TOC. Estaba familiarizada con las modalidades de terapia conversacional, y había esperado que seguir con ellas a lo largo de los años me garantizara una vida adulta funcional. Pero parecía que me faltaba el tipo de tratamiento adecuado para mí.
Una terapeuta a la que acudí en aquella época me preguntó si había oído hablar alguna vez de la terapia de desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares (EMDR). Ella conocía algunos aspectos concretos de mi vida y pensó que me vendría bien acudir a otro profesional especializado en ese tratamiento. Yo no había oído hablar de ello, pero tras informarme un poco al respecto, decidí que valía la pena intentarlo. Resultó que valió mucho la pena.
Mi experiencia con el EMDR
El proceso de la terapia EMDR fue intenso. Compartí con mi nueva terapeuta algunos de los acontecimientos más importantes de mi vida; por desgracia, he sufrido violencia de pareja en más de una ocasión. En su consulta, mis pensamientos volvieron a mi primera relación seria y duradera, una relación en la que mi pareja me agredió sexualmente, me engañó y me manipuló. Además, la relación era muy pública y estaba sometida a un escrutinio tremendo, ya que él había sido denunciado por maltratar a muchas otras personas. Había cortado el contacto con esta persona, ya que no había otro camino para que pudiera sanar. Hice todo lo posible, pero a menudo tenía pesadillas vívidas y desgarradoras sobre él. Fue mucho para vivir a una edad tan temprana. No estaba preparada en absoluto y pasé la mayor parte de mis veinte años recuperándome de esto.
La terapeuta consideró conveniente centrarse en estas experiencias más vívidas y traumáticas. Me puso un vibrador en cada mano y, mientras hablábamos de los aspectos más duros de mis experiencias de cuando tenía veintipocos años, activaba los vibradores, alternando entre ambos. Tenía entendido que este tipo de estimulación bilateral, combinada con un relato exhaustivo de mi trauma más profundo, reduciría la intensidad y la emoción que acompañaban a esos recuerdos.
No olvidaría lo que había pasado, pero ya no me dominaba de la misma manera. Nos dedicamos a este trabajo intensivo durante meses y noté una mejora notable en mi salud mental y en mi vida. Mi relación iba viento en popa; mi pareja y yo decidimos irnos a vivir juntos. Me sentía bien y completa.
Mi EMDR por mi cuenta
Hacia el final de nuestra sesión, levanté la vista hacia mi terapeuta y le dije: «Entonces, la idea es la estimulación bilateral mientras se habla o se grita sobre las cosas que más te han hecho daño, ¿no?».
«Sí», respondió ella. «Así es como funciona el EMDR».
«Entonces, si llevo tocando la batería desde los 17 años y en mi última banda cantaba y gritaba precisamente sobre cosas así, ¿sería algo parecido?»
Abrió mucho los ojos y se incorporó en la silla. «Parece que has estado practicando EMDR por tu cuenta todo este tiempo. Sin darte cuenta, buscabas calmarte y curarte a ti misma. Es extraordinario; ¿te ha ayudado?».
Me detuve un momento y recordé. Cuando empecé a tocar la batería a los 17 años, fue después de ver a Patty Schemel, la baterista de Hole, actuar en el Lollapalooza de Charles Town, Virginia Occidental. Fue lo más hermoso, intenso y poderoso que había visto en mi vida. No dejé de insistir a mis padres hasta que me compraron una batería completa para poder tocar yo misma. Por entonces no sabía muchos de los demonios con los que Patty luchaba y de los que ha hablado abiertamente, pero a menudo me pregunto si era capaz de reconocer de forma innata el potencial curativo de lo que ella hacía.
«No creo que sea exagerado decir que tocar la batería me salvó la vida», respondí. Recordé la sensación de libertad que sentí en mi propio cuerpo al sentarme detrás de la batería por primera vez y en muchas ocasiones posteriores.
La terapeuta me comentó que también funcionarían otros tipos de estimulación bilateral, como nadar, caminar y cosas por el estilo. Me animó a que algún día escribiera y compartiera mi experiencia.
Encontrar la modalidad terapéutica adecuada
Es gracias a mi propia experiencia con el sonido intenso —el remedio más sanador que he conocido jamás— que me doy cuenta de lo profundamente que muchos de nosotros deseamos sentirnos mejor. La gente busca formas de superar sus traumas. Queremos caminos hacia la alegría y el bienestar. Tocar ritmos en la batería mientras expresaba mi verdad me ayudó a acercarme a eso; y el EMDR aplicado por profesionales me llevó a un lugar en el que realmente puedo prosperar.
Comparto esta historia para celebrar el poder que tiene la música a todo volumen de ayudarnos a encontrar nuestro camino, y con la esperanza de un futuro en el que todos tengamos acceso a los medios que necesitamos para encontrar la paz. De este modo, quizá nuestro mundo tenga más posibilidades de alcanzar ese tipo de paz que tanto necesitamos.
Katy Otto es una música que vive en Filadelfia, Pensilvania, con su marido y sus dos hijos.